Devoción masiva, historia discreta y una carta breve que sigue sacudiendo conciencias. ¿Quién fue realmente San Judas Tadeo y por qué millones lo invocan cuando todo parece perdido?
En la Biblia, Judas —al que llaman Tadeo para evitar confusiones con Iscariote— habla poco y pregunta bien. La escena es la Última Cena, las ventanas cerradas y la tensión en el aire. “Señor, ¿por qué vas a manifestarte a nosotros y no al mundo?” (Jn 14,22). La pregunta suena a deseo de que la luz alcance a todos. Jesús responde con una promesa grande: quien ame y guarde su palabra será morada de Dios, y el Espíritu Santo enseñará lo necesario (cf. Jn 14,23–26). Ese es el trazo nítido del apóstol: discreto, serio, con hambre de verdad.
Después, el rastro se vuelve tradición: predicación en Judea, paso por Siria y Mesopotamia, y un foco constante en Persia, muchas veces junto a Simón el Zelote. Allí llega el final: martirio. Por eso lo pintan con maza o lanza; no es morbo, es catequesis de coherencia. La llama sobre su cabeza recuerda Pentecostés. Y el medallón con el rostro de Cristo sobre el pecho dice, sin palabras, en quién confía.
Queda de él una carta breve que es dinamita pastoral: “Luchad por la fe que ha sido transmitida a los santos de una vez para siempre” (Jud 1,3). No habla de guerras; habla de no dejar que la fe se apague. Pide edificarse sobre esa fe, conservarse en el amor de Dios y esperar la misericordia (Jud 1,20–21). Y ofrece una regla de oro para tiempos turbios: “A algunos que vacilan, tened compasión; a otros, salvadlos arrancándolos del fuego” (Jud 1,22–23). Cierra con un himno que la Iglesia repite porque levanta el ánimo: “Al único Dios… gloria, majestad, poder y autoridad… ahora y por los siglos” (Jud 1,24–25).
Hasta aquí, lo que llamaríamos la versión sobria. Pero la historia de San Judas Tadeo no se entiende sin la calle. En muchos lugares —sobre todo en América Latina— el día 28 de cada mes tiene su propio pulso: velas verdes y blancas, cartas dobladas con diagnósticos, currículos, fotos familiares, cuentas por pagar. Nadie teoriza ahí: la gente entra, mira al apóstol con la medalla de Cristo y habla como se le habla a un pariente confiable. Es la versión popular: abogado de causas difíciles, compañero cuando ya no hay más puertas.
Conviene decirlo claro, sin regaños ni cursilerías: en la fe católica, Dios concede; los santos interceden. Las velas y medallas no son talismanes; son señales que disponen el corazón. Y, sin embargo, algo muy verdadero ocurre cuando esa señal enciende la decisión de cambiar de rumbo: pedir trabajo y, al mismo tiempo, preparar el CV; pedir reconciliación y dar el primer paso; pedir salud y ordenar la vida. La devoción madura se parece a la carta: fe firme, esperanza que trabaja, misericordia que se ensucia las manos.
Por eso su fama no pertenece a una clase ni a un barrio. Pertenece a cualquiera que haya sentido el frío del callejón sin salida. Un chofer con la estampa en el tablero, una madre con velitas en la cocina, un muchacho que entra a la iglesia con una carpeta de entrevistas: todos han aprendido a decir “San Judas” cuando el cálculo humano no alcanza. Y también a volver a dar gracias cuando algo se abre.
Si uno buscara un retrato honesto, bastaría con unas líneas: apóstol silencioso, amigo del Espíritu, caminante de Oriente, mártir. Y, sobre todo, un hombre que no prometió soluciones mágicas, sino una manera de estar en medio de lo imposible: sostener la fe, trabajar la esperanza, practicar la misericordia. Quizá esa sea la razón profunda de su popularidad: no reemplaza el esfuerzo; lo acompaña.
El calendario lo recuerda el 28 de octubre, junto a Simón. La gente, cada 28 de cada mes. Dos ritmos que se encuentran en un mismo gesto: entrar, encender una vela, repetir despacio una de sus líneas —“Misericordia, paz y amor os sean multiplicados” (Jud 1,2)— y salir a la calle con algo más de luz. Porque al final, San Judas Tadeo no es el santo de los atajos, sino el de la rendija abierta cuando todo parece cerrado. Y esa rendija, para quien cree, siempre deja pasar suficiente claridad para dar el siguiente paso.